21 mayo 2018

Extracto 120 jornadas de Sodoma...

Las 120 jornadas de Sodoma
Octava Jornada:

—¡Vamos, desnúdate! —dijo el financiero.
Y mientras tanto se desabrocha la bragueta y se saca un miembro negro y arrugado que no tenía trazas de aumentar mucho de tamaño. Cuando la vieja se ha desnudado del todo, y ofrece a su amante un viejo cuerpo amarillento y arrugado, seco, colgante y descarnado, cuya descripción, sean cuales sean las fantasías que podríais tener sobre este punto, os causaría demasiado horror para que yo me atreva a emprenderla; pero lejos de sentirse asqueado, nuestro libertino se extasía; coge a la vieja, la atrae hacia él sobre el sillón donde estaba meneándosela mientras esperaba que ella se desnudara, le hunde otra vez la lengua dentro de la boca y, volviéndola de espaldas, ofrece su homenaje al reverso de la medalla. Vi perfectamente cómo manoseaba sus nalgas, es decir, los dos pingos que caían ondeantes sobre sus muslos. Pero fuesen como fuesen, el hombre las separó, pegó voluptuosamente sus labios a la cloaca inmunda que encerraban, hundió en ella su lengua varias veces, y todo eso mientras la vieja trataba de dar un poco de consistencia al miembro muerto que meneaba.
—Vamos al grano —dijo el platónico enamorado—. Sin mi plato fuerte, todos tus esfuerzos serían inútiles. ¿Has sido advertida?
—Sí, señor.
—¿Y sabes qué es lo que tienes que tragar?
—Sí, corderito; sí, palomo. Tragaré, devoraré todo lo que tú hagas.
Entonces el libertino la echa sobre la cama boca abajo, y en esta posición le mete en el pico su floja verga, se la hunde hasta los cojones, le toma las dos piernas de su goce y se las coloca sobre los hombros, de modo que su hocico se encuentra rozando las nalgas de la vieja. Su lengua se instala al fondo del agujero delicioso; la abeja que busca el néctar de la rosa no chupa, de una lanera más voluptuosa; la vieja, por su parte, también chupa, nuestro hombre se agita. —¡Ah, joder! —exclama al cabo de un cuarto de hora de este ejercicio libidinoso—. ¡Chupa, chupa, puta! ¡Chupa y traga!, ¡rediós!, ya llego, ¿no te das cuenta? Y besando todo lo que se ofrece a él, muslos, vagina, nalgas, ano, todo es lamido, todo es chupado, la vieja traga, y el pobre vejestorio que se retira tan mustio como antes, y que verosímilmente ha descargado sin erección, sale avergonzado de su extravío, y gana lo más rápidamente posible la puerta para no tener que ver, sereno, el cuerpo, repugnante que acaba de seducirlo.
—¿Y la vieja? —pregunta el duque.
—La vieja tosió, escupió, se sonó, se vistió lo más rápidamente que pudo y salió.
Pocos días después, le tocó a la misma compañera que me había proporcionado el placer de esta escena. Era una muchacha de unos dieciséis años, rubia y con la cara más interesante del mundo; no dejé de ir a contemplarla mientras trabajaba. El hombre con quien debía unirse era por lo menos tan viejo como el pagador de rentas. Hizo que se pusiera de rodillas entre sus piernas, le fijó la cabeza agarrándola por las orejas y le hundió en la boca una verga que me pareció más sucia y repugnante que un trapo de cocina arrastrado por un arroyo. Mi pobre compañera, al ver acercarse a sus labios frescos aquella porquería, quiso apartar la cabeza, pero no en vano la tenía nuestro hombre bien agarrada por las orejas como a un perro.
—¡Vamos, puta! —le dijo— ¿Te haces la difícil?
Y, amenazándola con llamar a la Fournier, quien seguramente le había recomendado que fuera complaciente, logró vencer sus resistencias. Ella abre los labios, retrocede, vuelve a abrirlos y finalmente traga, hipando, con su boca gentil, aquella reliquia infame. Desde aquel momento, ya sólo se oían los insultos del criminal.
—¡Ah, bribona! —dijo el hombre furioso—. ¡Cuántos aspavientos haces para chupar la más hermosa verga de Francia! ¿Crees que nos vamos a lavar todos los días para ti? ¡Vamos, puta, chupa, chupa el confite!
Y excitándose, a medida que hablaba, con la repugnancia que inspiraba a su compañera, tanto es verdad, señores, que el asco que nos proporcionáis se convierte en un aguijón para vuestro goce, el libertino se extasía y deja en la boca de aquella pobre muchacha pruebas inequívocas de su virilidad. Pero la muchacha, menos complaciente que la vieja, no traga nada, y mucho más asqueada que aquélla, vomita al punto todo lo que tenía en su estómago, y nuestro libertino, abrochándose, sin preocuparse de ella, se burla entre dientes de las consecuencias crueles de su libertinaje.
Llegó mi vez, pero más afortunada que las dos precedentes, era al amor mismo al que estaba destinada, y sólo me quedó, después de haberlo gozado, el asombro de encontrar gustos tan extraños en un joven tan bien formado para agradar. Llega, me pide que me desnude, se tiende sobre la cama, me ordena que me ponga en cuclillas sobre su cara y que trate, con mi boca, de hacer descargar una verga muy mediocre pero que me recomienda y cuyo semen me ruega que trague, en cuanto lo sienta correr.
—Pero no permanezcas ociosa entre tanto —añade el pequeño libertino—, que tu coño inunde mi boca de orina, la cual te prometo tragar como tú tragas mi semen, y, además, que tu hermoso culo lance pedos contra mi nariz.
Le obedezco y cumplo a la vez mis tres cometidos con tanto arte que la pequeña anchoa descarga pronto todo su furor en mi boca, y trago la eyaculación mientras mi adonis hace otro tanto con mi orina, y todo eso sin dejar de respirar los pedos con que no dejo de perfumarlo.
—En verdad, señorita —dijo Durcet—, te hubieras podido ahorrar el revelar las puerilidades de mi mocedad.
—¡Ah! ¡Ah! —dijo el duque riendo—. ¿Cómo es posible que tú, que hoy apenas te atreves a mirar un coño, lo hicieras mear en otro tiempo?
—Es verdad —dijo Durcet—, me avergüenzo de ello; es terrible tener que reprocharse vilezas de esta índole, ahora, amigo mío, cuando siento todo el peso de los remordimientos..., ¡deliciosos culos! —exclamó en su entusiasmo, besando el de Sofía, que había atraído hacia sí para manosearlo unos momentos—. ¡Culos divinos, cuánto me reprocho el incienso de que os he privado! ¡Oh culos deliciosos, os prometo un sacrificio expiatorio, juro ante vuestros altares no volver a extraviarme en mi vida!
Y habiéndolo calentado un poco aquel hermoso trasero, el libertino colocó a la novicia en una posición muy indecente, sin duda, pero en la cual podía, como se ha visto antes, hacer mamar su pequeña anchoa mientras él chupaba el ano más lozano y más voluptuoso del mundo. Pero Durcet, demasiado hastiado para poder entregarse a tal placer, encontraba muy raramente su vigor; por más que fue chupado, por más que se le hizo, tuvo que retirarse en el mismo estado de desfallecimiento, y denostando y blasfemando contra la muchacha, tuvo que aplazar para otro momento más oportuno los placeres que la naturaleza le rechazaba a la sazón.
No todo el mundo era tan desgraciado; el duque, que había pasado a su gabinete con Colomba, Zelamiro, Brise-Cul y Thérése, lanzó rugidos que demostraban su felicidad, y Colomba, que escupía con toda su fuerza en el momento de salir, no dejó la menor duda sobre el templo que había sido incensado. En cuanto al obispo, con las nalgas de Adelaida sobre su nariz y la verga del hombre en su boca, se divertía haciendo lanzar pedos a la joven, mientras Curval, de pie, haciendo soplar su enorme corneta a Hébé eyaculaba locamente.
Se sirvió la cena. El duque sostuvo la tesis de que si la felicidad consistía en la completa satisfacción de todos los placeres de los sentidos, era muy difícil ser más feliz de lo que ellos eran.
—Esta afirmación no es la de un libertino —dijo Durcet—. ¿Cómo puedes ser feliz, desde el momento en que puedes satisfacerte en todo momento? La felicidad no consiste en el goce, sino en el deseo, en romper los frenos que se oponen a ese deseo. Ahora bien, ¿se halla todo eso aquí, donde sólo tengo que desear para tener? En cuanto a mí, puedo jurar que desde que estoy aquí, mi semen no ha corrido ni una sola vez en homenaje a los objetos presentes. Sólo se ha derramado por los que no están, y por otra parte, creo, falta algo esencial para nuestra felicidad. Es el placer de la comparación, placer que sólo puede provenir del espectáculo de los desgraciados, y aquí no los hay. Es lo esencial para nuestra dicha. De la contemplación de aquel que no goza de lo que yo tengo y que sufre nace el encanto de poder decir: soy pues más feliz que él; allí donde los hombres sean iguales y donde esas diferencias no existan, la felicidad no existirá nunca. Es el caso de un hombre que sólo aprecia la salud cuando ha estado enfermo.
—En este caso —dijo el obispo—, tú basarías un placer real en poder contemplar las lágrimas de aquellos que están abrumados por la miseria.
—Por supuesto —contestó Durcet—. No hay en el mundo tal vez voluptuosidad más sensual que ésta de que has hablado.
—¿Qué, sin aliviarla? —dijo el obispo, deseoso de que Durcet se extendiera sobre un tema tan del gusto de todos, y que era tan capaz de tratar a fondo.
—¿Qué entiendes por aliviar? —dijo Durcet—. Pero la voluptuosidad que nace para mí de esa dulce comparación entre su estado y el mío no existiría si yo los aliviara, porque entonces, al sacarlos de su miseria, les haría gozó durante unos momentos de una felicidad que, al ponerlos a la par conmigo, eliminaría todo el goce de la comparación.
—Bueno, según eso —dijo el duque—, sería preciso de alguna manera, para establecer mejor esta diferencia esencial de la felicidad, sería preciso, digo, agravar su situación.
—Sin duda alguna —dijo Durcet—, y eso explica las infamias que se me han reprochado toda la vida. La gente que ignoraba mis motivos me llamaba duro, feroz y bárbaro, pero burlándose de todas sus denominaciones yo seguía mi camino, hacía, convengo en ello, lo que los mentecatos llaman atrocidades, pero establecía goces de comparaciones deliciosas, y era feliz.
—Confiesa el hecho —dijo el duque— de que más de veinte veces hundiste a desgraciados para halagar en este sentido tus gustos perversos.
—¿Más de veinte veces? —dijo Durcet—. Más de doscientas, amigo mío, y podría sin exageración citar a más de cuatrocientas familias reducidas hoy a la mendicidad y que no representan nada para mí.
—¿Has sacado algún provecho de ellas, por lo menos? —preguntó Curval.
—Casi siempre, pero a menudo también lo he hecho sólo por esta perversidad que casi siempre despierta en mí a los órganos de la lubricidad; haciendo el mal tengo erecciones, encuentro en el mal un atractivo lo bastante excitante como para despertar en mí todas las sensaciones del placer, y a él me entrego por él mismo, sin otro interés ajeno.
—Ese gusto es el que mejor puedo concebir —dijo Curval—. Cien veces he dado mi voto cuando estaba en el Parlamento para hacer ahorcar a desgraciados que yo sabía eran inocentes, y nunca cometí esas pequeñas injusticias sin experimentar dentro de mí un cosquilleo voluptuoso, allá donde los órganos del placer de los testículos se inflaman pronto. Juzgad lo que he sentido cuando he hecho algo peor.
—Es cierto —dijo el duque, que empezaba a calentarse manoseando a Céfiro— que el crimen tiene suficiente encanto como para inflamar todos los sentidos sin que se esté obligado a echar mano de otros recursos, y nadie concibe como yo que las canalladas, incluso las más alejadas del libertinaje, puedan causar la erección como las que le son propias. Yo que os estoy hablando, he tenido erecciones robando, asesinando, incendiando, y estoy perfectamente seguro de que no es el objeto del libertinaje lo que nos anima, sino la idea del mal, y que en consecuencia es sólo por el mal por lo que tenemos erecciones y no por el objeto, de tal suerte que si el objeto estuviese desprovisto de la posibilidad de empujarnos a hacer el mal no tendríamos erecciones a causa de éste.
—Nada es más cierto —dijo el obispo—, y de ahí nace la certidumbre del mayor placer por la cosa más infame y de cuyo sistema uno no debe apartarse, a saber, que cuanto más quiera uno suscitar el placer en el crimen, más necesario será que el crimen sea horrible, y en cuanto a mí, señores, si me es permitido citarme, os confieso que estoy a punto de no volver a experimentar esa sensación de que habláis, de no experimentarla, digo, por los pequeños crímenes, y si éste que cometo no reúne tanta negrura, tanta atrocidad, tanto engaño y traición como sea posible, la sensación ya no nace.
—Bueno —dijo Durcet—, ¿es posible cometer crímenes tal como se conciben y como dices tú? En lo que a mí se refiere, confieso que mi imaginación siempre ha estado en eso más allá de mis medios; siempre he concebido más de lo que he realizado, y siempre me he quejado de la naturaleza que, al darme el deseo de ultrajar, me quitaba los medios de hacerlo....()



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